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Diversidad sexual

Ensayo
Diversidad sexual, de la "perversión" a la visibilidad política

Jorge Bracamonte Allain

.la introducción y legitimidad de la noción de diversidad sexual en el mundo académico ha despojado a los modelos de sexualidad no hegemónicos de los estigmas y prejuicios que el moderno discurso de la sexualidad le impusiera en el pasado. Esta noción no solo da cuenta de la riqueza y pluralidad de los usos y costumbres sexuales en el mundo, sino también del protagonismo de quienes han subvertido en el último medio siglo un orden tradicional y conservador, reivindicando la dimensión política de la diversidad sexual.

La nocion de diversidad sexual resulta en apariencia nueva y su signi­ficado muchas veces se presta a confusion. Con ella hacemos referencia a una vieja realidad, la de los hombres y mujeres cuyos deseos y prácticas sexuales escapan a las definiciones y controles de los sistemas sexuales que han sido y son dominantes en las sociedades occidentales. El texto que sigue intenta presentar algunos de los itinerarios recorridos en el proceso de constitucion de esta nocion. Este itinerario se inicia en el contexto de emergencia del proyecto cultural de la modernidad (ss. XVIII-XIX), cuando se establecen los límites del aparato conceptual, tecnologico y disciplinario que identifica las distintas manifestaciones de la diversidad sexual como "perversiones" y/o "desviaciones". Continua con la presentacion de los esfuerzos locales -en este caso peruanos- por resignificar la diversidad sexual desde algunos espacios disciplinarios como el de la antropologia, la sexologia y tambien a traves del dialogo con los movimientos sociales que reivindican la libre orientacion sexual. Finalmente, se ubica este proceso en el contexto del surgimiento de una nueva comunidad académica que ha logrado posicionar este importante tema en la agenda de los derechos humanos y las ciencias sociales en el pais.

 

Diversidad sexual, de la perversión a la visibilidad política

 

A fines del siglo XVIII, el mundo occidental experimentó un proceso de cambios materiales y culturales que transformó radicalmente el rostro de la humanidad. En ese momento, la modernidad irrumpió con sus revolucio­nes poIiticas, sus ideas y conceptos y sus nuevas formas de relacion entre los individuos. Estas transformaciones minaron rápidamente la legitimi­dad del viejo orden estamental y despertaron un inusitado interés que llevó al redescubrimiento de la naturaleza del cuerpo y la sexualidad hu­manas. Estos esfuerzos tomaron distancia de las tradicionales formas de argumentacion teológica para redefinir el lugar de la sexualidad a partir del uso de nuevos aparatos conceptuales y disciplinarios que postulaban la supuesta objetividad racional y cientifica. Se produce entonces lo que Michel Foucault llamo proliferacion discursiva en tome al sexo.

 

Asi, en el transcurso del siglo XIX la sexualidad deja de ser sólo un problema moral reservado a los confesionarios y tratados teológicos para convertirse también en un asunto de especialistas médicos, educadores y/o penalistas. En este periodo, la ciencia y los científicos van a identificar cada vez más la sexualidad con sus posibilidades reproductivas, definiendo, la normalidad sexual tomando en consideración exclusivamente las relacio­nes sostenidas entre sexos opuestos en el contexto del vínculo matrimonial monogámico. A partir de esta premisa se establece un canon sexual hegemónica que constituye el patrón desde el cual se define la desviación a la norma a través de la instauración del lenguaje de lo perverso.

 

Fue la medicina la disciplina más atenta en penetrar en los intersticios de la sexualidad para inventar toda una amplia gama de degenerados, pervertidos y enfermos. Desde este campo se redescubre el autoerotismo como onanismo, es decir, como un vicio propio de pervertidos que, poten­cialmente, conduciría a la demencia, impotencia sexual u otros males físicos y morales. Los vínculos eróticos entre las mujeres fueron descubiertos bajo el membrete de safismo, termino con el cual se identificó a aquellas que por su "debilidad natural" eran susceptibles de caer fácilmente en el "degeneracionismo". Finalmente, los deseos y prácticas homoeróticas, sobre todo masculinas, se identificaron con un concepto nuevo: homose­xualidad, mediante el cual se definió la sexualidad entre parejas del mis­mo sexo como un "sentimiento sexual contrario" o como la "inversión del sentido genital". En su momento, la influencia del racionalismo, el darwinismo y el positivismo decimonónicos, desde diferentes perspectivas, dieron a estos nuevos términos la legitimidad que otorga la autoridad científica. En este sentido, la ciencia moderna se constituyó en una de las más poderosas instancias de enunciación discursiva desde la cual se excluyó sistemáticamente a las sexualidades que no se ajustaban al canon hegemónico.

 

Avanzado el siglo XX, la antropología desarrolló una perspectiva crítica respecto al discurso dominante sobre la sexualidad. En este sentido, fueron decisivos los esfuerzos por comprender las sociedades no-occiden­tales a partir del reconocimiento de su especificidad. Estos esfuerzos otor­garon importancia a la función que adquieren los diversos usos y costum­bres -entre ellas las sexuales- en sus respectivos contextos socioculturales, legitimándolos. Esta experiencia constituyó lo que la antropología clásica ha denominado relativismo cultural. Desde esta perspectiva, Occidente empezó a visibilizar la diversidad sexual a través de los lentes de estos "otros", comprendiendo por primera vez la validez relativa de diversos sis­temas sexuales, por muy exóticos que estos pudieran parecer. Es así como el relativismo cultural, desde posturas teóricas como las de Bronislaw Malinowski o, desde apuestas más etnográficas como las de Margaret Mead, introdujo en la reflexión antropológica el tema de la diversidad sexual al evidenciar la existencia de un conjunto de costumbres sexuales que resultaban legitimas más allá del canon hegemónico occidental.

 

Otra corriente de estudios que contribuyó a debilitar la identificación entre diversidad sexual y perversión fue la sexología. Esta disciplina surgió hacia fines del siglo XIX como una especialidad dedicada a auscultar los intersticios de la vida sexual de los individuos para descubrir en ella las anomalías y patologías que, como en el caso de la medicina, produjeron una numerosa lista de desviados. No obstante este hecho, la sexología permitió la visibilidad de un conjunto de comportamientos y prácticas sexuales que cuestionaban el ideal de una sexualidad monógama y heterosexual, de esta forma el asunto de la existencia y legitimidad de diversos sistemas sexuales se traslado, del campo de los nobles salvajes de la antropología, al terreno de las propias sociedades occidentales. Al respecto, Alfred Kinsey se encargaría de mostrar al mundo la complejidad y riqueza de la vida sexual en la sociedad norteamericana. De su gigantesca encuesta, aplicada a mediados del siglo XX, se desprende que, aproximadamente, el 37% de los varones norteamericanos alguna vez llegaron al orgasmo a través de un contacto sexual con otro varon. Concluyendo que, en cuanto a los usos del sexo, no existe un patrón de comportamiento normal o anormal.

No es sino hasta inicios del último tercio del siglo XX que la diversidad sexual ingresa a terrenos marcados por la política y la reflexión académica. Los antecedentes de la politización de la diversidad sexual se remontan a la iniciativa del Comité Científico Humanitario, liderado por el médico alemán Magnus Hirschfeld, quien en 18971anzo una campaña pública en defensa de los derechos de las personas homosexuales. Décadas más tarde, estas iniciativas se apagaron al no poder repercutir en audiencias más amplias y al imponerse un entorno político cada vez más conservador e intolerante. Sólo posteriormente, en el contexto de la revolución sexual, el movimiento feminista y, en menor medida el movimiento gay/lésbico, ensayan nuevas miradas que redefinen los estudios sobre la sexualidad humana desde la novedosa perspectiva de género. Desde esta perspectiva se desarrolla todo un aparato crítico que devela como el género se constru­ye culturalmente para naturalizar las relaciones sociales, sexuales y políticas existentes entre los sexos. Al mismo tiempo, se vincula el tema de la sexualidad a procesos más complejos la construcción de la identidad, las relaciones de poder y los derechos humanos. Sin duda, desde esta pers­pectiva algunos de los nombres más influyentes han sido los de Simone de Beauvoir y Michel Foucault.

 

Este ciclo se cierra con la aparición de la epidemia del SIDA. En los primeros años de la década de los ochenta, se reportaron los primeros casos de una extraña enfermedad que, coincidentemente, afectaba sobre todo a varones homosexuales. Se habló de un extraño cáncer, de una epidemia rosa y hasta de un castigo divino. EI SIDA irrumpió así en medio del desconocimiento, alimentando viejos y nuevos temores, hasta alcanzar ribetes de pandemia mundial. Frente a este problema de salud pública la comunidad internacional respondió desde instancias como, entre otras, la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Organización Panamericana de la Salud (OPS) y la Agencia Interamericana para el Desarrollo (AID), dedicando ingentes cantidades de recursos materiales y profesionales a la investigación, a fin de promover medidas que permitieran enfrentar la pandemia y sus consecuencias. La mayor parte de estas investigaciones fueron orientadas desde enfoques biomédicos y, entre sus descubrimien­tos, revelaron la importancia de la bisexualidad como una práctica sexual extendida ampliamente en el contexto de las sociedades occidentales y no occidentales. Así, se hizo evidente al conocimiento científico un conjunto de comportamientos, actitudes y prácticas sexuales que cuestionaban las sóli­das fronteras que distinguían lo homosexual de lo heterosexual.

 

En la actualidad, la introducción y legitimidad de la noción de diversi­dad sexual en el mundo académico ha despojado a los modelos de sexua­lidad no hegemónicos de los estigmas y prejuicios que el moderno discurso de la sexualidad le impusiera en el pasado. Esta noción no solo da cuenta de la riqueza y pluralidad de los usos y costumbres sexuales en el mundo, sino también del protagonismo de quienes han subvertido en el último medio siglo un orden tradicional y conservador, reivindicando la dimensión política de la diversidad sexual. Al mismo tiempo, somos conscientes que, a pesar de los logros y avances en la definición de un nuevo aparato conceptual y lingüístico, estos todavía no son suficientes para transformar las violentas realidades producidas por el estigma y la intolerancia de largo aliento histórico. En este sentido, la diversidad sexual deviene en un asunto más que académico, es sobre todo un problema político, ético y moral que cuestio­na los fundamentos mismos de los sistemas sexuales que han naturalizado diferencias, inequidades e injusticias entre los seres humanos.

 

Itinerarios de la diversidad sexual en el Perú

 

En el caso peruano, la modernidad ilustrada de fines del siglo XVIII e inicios del XIX también promovió novedosas formas de aproximación en torno a las sexualidades no hegemónicas. En esta época, la sexualidad y lo que en la época se denomino "delitos sexuales", dejaron de ser patrimonio y jurisdicción exclusivos de la Iglesia para comprometer, cada vez más, la celosa vigilancia del Estado. En esta silenciosa disputa por el control de almas y cuerpos entre Estado e Iglesia, el pecado nefando de la sodomía se redefinió secularmente como crimen. Mientras esto ocurría en los tribuna­les de la Real Sala del Crimen, en los círculos letrados el asunto también empezaba a llamar la atención. Fueron los famosos ilustrados del Mercurio Peruano quienes, en su propósito reformista, le dedicaron algunas páginas al tema de los "maricones". En estas, un hipotético viajero hace la descripción de una fiesta de "abajo el puente", donde un conjunto de negros y mulatos se visten con trajes de mujer y usan los nombres y títulos nobiliarios de los personajes más característicos de la aristocrática sociedad limeña. Probablemente se trata de la primera descripción etnográfica del entorno de las sexualidades subalternas en Lima. En ella se retrata un mundo inver­tido, donde lo masculino se transforma en femenino, los esclavos y libertos en nobles y dominantes y, la disciplinada jomada de trabajo en fiesta, pasión y exceso. En ambas aproximaciones, la de litigantes y letrados, se pone a prueba enfoques que toman distancia de la concepción teológica de la sodomía, para redefinirla a través de evidencias "tangibles" y "objeti­vas" en costumbres y prácticas vinculadas al margen y la criminalidad.

 

En 1792, Hipólito Unanue, animador activo del Mercurio Peruano, dio su discurso de orden con motivo de la inauguración del Anfiteatro Anatómico de la Real Universidad de San Marcos. Este acontecimiento simbólico revela la importancia que -en el contexto de las reformas ilustradas­- empieza a adquirir la medicina como una carrera noble y digna del respeto de las comunidades científicas y letradas. Sin embargo, no fue sino hasta avanzada la segunda mitad del siglo XIX que la medicina se convirtió en uno de los espacios fundamentales de enunciación discursiva sobre la sexua­lidad y el sexo. Como en las sociedades occidentales, aquí también habían impactado las ideas del darwinismo y el positivismo en las comunidades científicas e intelectuales y, muy particularmente, en la Universidad Nacio­nal de San Marcos (ex-Real) y su Facultad de Medicina. Desde este espacio se promovió numerosas investigaciones sobre enfermedades venéreas, malformaciones de los órganos genitales, patologías sexuales, prostitución, onanismo, hermafroditismo, etc. Como nunca antes un importante grupo de especialistas se encargó de indagar sobre la sexualidad.

 

Desde este campo se promovió algunas ideas que alcanzaron cierto consenso entre las élites letradas, que más adelante llegarían a imponerse sobre el sentido común de la población. Estas fueron: la supuesta superio­ridad de la raza blanca, la debilidad del sexo femenino y, la existencia de ciertas anomalías o patologías sexuales. En 1877, César Borja, presentó la tesis titulada La Inmigración China, con la que obtuvo el grado de bachiller en medicina. El joven médico aplicó en dicho estudio los princi­pios del darwinismo para concluir que en el Perú la raza más apta para el orden y progreso era la blanca de origen europeo, mientras que los chinos ocupaban el rango inferior entre las más débiles, convirtiéndose así, en un obstáculo para alcanzar el anhelado progreso. Otra idea promovida con insistencia fue la de las diferencias naturales existentes entre los géneros. Se auscultaba el cuerpo y naturaleza femeninas y en las diferencias se descubría la natural disposición de la mujer para asumir las responsabilida­des del mundo doméstico. Como en el caso de las razas, entre los géneros también se sobreponía jerárquicamente el sexo fuerte (masculino) sobre el débil (femenino). Del mismo modo, la ciencia médica local fue develando progresivamente toda una galería de anomalías sexuales que descalificaba cualquier forma de orientación o práctica sexual que no conllevase a la reproducción a través del vinculo conyugal. Así, entre los impedimentos para contraer matrimonio, anotados en la tesis de Juan Valera, se encuen­tran la bisexualidad, la asexualidad, la impotencia y, el hermafroditismo, entre otros. De ese modo, el lenguaje de lo perverso, degenerado y enfer­mo no resultaría extraño a nuestros médicos decimonónicos.

 

Frente al discurso médico, la antropología aportó otra entrada al estu­dio de la vida sexual de los peruanos. Fue Hildebrando Castro Pozo quien, en su libro Nuestra Comunidad Indígena, realizó la primera descripción etnográfica detallada de los aspectos económicos, sociales y culturales de las comunidades andinas, especialmente las de la sierra central. Descri­be la situación de la mujer y las costumbres matrimoniales en las comuni­dades, mostrando la originalidad de instituciones como el servinacuy, vín­culo prenupcial que otorga legitimidad a las relaciones sexuales y convi­vencia de la pareja en contextos previos al matrimonio. En el mismo senti­do, Víctor Villavicencio, autor de La Vida Sexual del Indígena Perua­ no, complementa la descripción etnográfica con información etnohistórica. Revisa las antiguas crónicas indígenas y españolas para mostrar la conti­nuidad cultural de instituciones como el servinacuy. Al mismo tiempo, hace referencia a los supuestos códigos éticos y morales que regían la vida sexual de la sociedad incaica, que penalizaban severamente la práctica de la sodomía. De cualquier modo, ambos registros de información permiten mos­trar, en la primera mitad del siglo XX, una imagen mucho más compleja de las prácticas y costumbres sexuales en los Andes, estableciendo con cierta claridad la existencia de diferencias respecto al sistema sexual hegemónico.

 

Avanzada la segunda mitad del siglo XX, los alcances de la "revolución sexual" llegan muy tímidamente al Perú. A diferencia de lo ocurrido a fines de los años sesenta en Estados Unidos y Europa, donde los jóvenes ocupa­ron masivamente las calles para expresar una nueva sensibilidad que cues­tionaba las distintas formas de autoritarismo y reivindicaba la libertad sexual, en el Perú los jóvenes expresaron su radicalismo a través de la militancia en vanguardias político-militares, como fue el caso de las guerrillas del año 65. Durante el régimen militar (1968-1980), a pesar del protagonismo de los movimientos sociales que finalmente derrocaron al Gral. Morales Bermúdez, el movimiento feminista nacional se encontraba en su fase embrionaria, definiendo un perfil propio en las "comisiones de la mujer" formadas en algunas de las agrupaciones de la izquierda peruana. En cuanto al movimiento de gays y lesbianas, solo existía como una aspiración en los deseos de quienes habían conocido de cerca la experiencia de estos movi­mientos en Estados Unidos y además, habían tenido una militancia previa en los movimientos de izquierda. Probablemente, una de las razones que explica la debilidad de estos movimientos es la importancia del discurso ideológico marxista que legitimó exclusivamente las reivindicaciones de clase, subordinando la importancia de políticas sustentadas en las diferen­cias de género y, más aun, en las identidades sexuales. Para este periodo, un estudio fundante del feminismo peruano que resume criticamente esta situacion es sin duda el de Maruja Barrig, Cinturon de Castidad.

 

Ya en los años ochenta, a diferencia del movimiento feminista que logró consolidarse y promover importantes núcleos de reflexión, el movi­miento de gays y lesbianas recién ingresa a su fase fundacional. En 1982 se forma el Movimiento Homosexual de Lima (Mhol) y poco después, el Grupo de Autoconciencia Lésbico Feminista (GALF). El primero, afirmó rápidamente un liderazgo reconocible en los medios de comunicación ma­siva y logro posicionar en la opinión publica el tema de la homosexualidad y los derechos vulnerados de los hombres y mujeres homosexuales. La diversidad sexual por primera vez en el Perú se traslada de su existencia social y cultural al terreno de la acción política. Esta etapa, sin embargo, se caracteriza por la fuerte influencia que tuvieron los movimientos de gays y lesbianas del norte al universalizar sus propias experiencias y demandas políticas. Recién a inicios de la década siguiente fue cuando Oscar Ugarteche, en el seno del movimiento gay, publico Historia, sexo y cultu­ ra en el Peru, donde discute por primera vez el tema de la especificidad cultural de la experiencia homoeróticas en los andes.

 

Simultáneamente, el impacto del SIDA fue sumando, entre sus prime­ras víctimas, a reconocidos miembros de la comunidad homosexual. La gravedad de esta nueva epidemia llevo al movimiento a dedicar el conjunto de sus energías al trabajo preventivo. Así, las demandas programáticas se vieron aplazadas por la urgencia de atención a un problema de salud, el SIDA. Los estudios sobre conocimientos, actitudes y prácticas sexuales eran todavía insuficientes como para trazar estrategias de prevención que res­pondieran adecuadamente a la diversidad de experiencias sexuales. Se desarrollo un conjunto de investigaciones que, sobre todo desde una pers­pectiva biomédica, logro identificar las poblaciones expuestas a mayor riesgo de contagia, los espacios de socialización, las prácticas de riesgo y, además, detectar que buena parte de la población gay -a pesar de poseer información sobre el cuidado de su salud- aun se expone a situaciones de riesgo. Esta tendencia resultaría dominante hasta bien avanzada la década de los noventa. Al mismo tiempo hubo esfuerzos aislados y poco conocidos que, desde enfoques diferentes, exploraron el asunto de la diversidad sexual. Es el caso de estudios como el de Grant Farquarson, quien pone a prueba su enfoque constructivista para analizar el problema de la(s) identidad(es) y la experiencia homoeróticas en Lima.

 

Al finalizar la década de los noventa las investigaciones en sexualidad han ganado en pluralidad y densidad de análisis y, por primera vez, apare­ce un importante grupo de investigadores e investigadoras que estudia los problemas vinculados a la diversidad sexual. Esta etapa en la investigación, que podríamos denominar post-SIDA, se caracteriza porque privile­gia enfoques de tipo interdisciplinario, centra su atención en una cobertura de estudio nacional y, va mas allá de las exigencias de intervención para la promoción de la salud. A diferencia de la investigación promovida a partir del impacto del SIDA, en la actualidad, estas investigaciones abarcan inte­reses y problemas que van desde aquellos que surgen del ámbito académico de las ciencias sociales, sobre todo de las universidades capitalinas, has­ta las de tipo aplicado, promovidas en algunas ONGs y el Estado. De este modo, a los estudios promovidos a partir del impacto del SIDA, hoy se suman importantes investigaciones sobre identidades sexuales, sociabili­dad, cultura, participación y exclusión ciudadana, que dan cuenta de los diferentes procesos que intervienen alrededor de las experiencias que de­finen el universo de las sexualidades no-hegemónicas.

 

Diversidad sexual, derechos humanos y ciudadanía

 

En el Perú uno de los grandes retos para las ciencias sociales y el movi­miento social que aspira a la vigencia plena de los derechos humanos es develar como, históricamente, se han construido las diferencias, jerarquías y dominios entre las sexualidades hegemónicas y aquellas que, sucesivamente, han transi­tado de su estatus de pecaminosas a desviadas. Estas formas de desigualdad, que marcan de modo traumático la experiencia de vida de cientos de miles de hombres y mujeres, han naturalizado la violencia real y simbólica que, cotidianamente, se ejerce sobre estas personas, al extremo de permanecer invisibilizado su tratamiento en los medios de comunicación, en la opinión pública y, en los planteamientos o programas de los partidos políticos.

 

La Declaración Universal de los Derechos Humanos entre sus princi­pios afirma «su fe en los derechos fundamentales del hombre, en la digni­dad y el valor de la persona humana y en la igualdad de derechos de hombres y mujeres, recogiendo el espíritu de las constituciones nacionales que, con sus variantes, consagran la "defensa de la persona humana y el respeto de su dignidad [como] el fin supremo de la sociedad y del Estado". De acuerdo con los especialistas, este principio tiene legitimidad positiva porque se encuentra reconocida en las cartas constitucionales de los esta­dos y en los acuerdos o convenios multinacionales encargados de velar por la plena vigencia de estos derechos. Sin embargo la legitimidad jurídica de estos derechos no garantiza la vigencia real de los mismos, razón por la cual los movimientos emancipatorios que reúnen a las diferentes expresio­nes de la diversidad sexual, históricamente se han visto compelidos a lu­char para incorporar en estos principios generales los derechos específicos que permitan resguardar las capacidades de quienes pueden resultar pasibles de discriminación y violación de sus derechos.

 

La vigencia plena de los derechos humanos supone entonces la posibi­lidad de imaginar escenarios nuevos de tolerancia, respeto y equidad para las personas y grupos que, sistemáticamente, son excluidos y violentados. Por este motivo la re significación de los derechos humanos es una tarea pendiente que busca ampliar la noción de derechos incorporando concep­tos y mecanismos que garanticen la inclusión ciudadana de quienes podrían ser vulnerables a causa de su orientación sexual. En esta línea, los movi­mientos emancipatorios que reivindican estas banderas han avanzado en la construcción de una noción de derechos humanos más amplia, que in cor­pora un componente nuevo: los derechos sexuales.

 

Los derechos humanos, antes que una definición universalmente vali­da, son una apuesta ética y política, una aspiración a través de la cual se pretende conquistar espacios de reconocimiento que garantice el pleno ejercicio de la ciudadanía. Este tipo de aproximación no es nuevo, ni exclu­sivo de los movimientos gays o lésbicos pues, históricamente, la noción de derechos humanos ha sido redefinida y ampliada a partir del protagonismo de actores sociales como los trabajadores, las mujeres o los grupos étnicos. Por esta razón, los esfuerzos realizados desde las distintas especialidades académicas para resignifica las nociones y conceptos que definen la plu­ralidad de experiencias vinculadas a la diversidad sexual, adquieren un alcance político, donde confluyen con los movimientos sociales que postu­lan la necesidad de un nuevo contrato social en base al respeto, la equidad y la justicia.

 

EI Programa de Estudios de Genero de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos reunió en septiembre del 2000 un conjunto de inves­tigadores e investigadoras procedentes de diversos centros académicos, de variadas disciplinas y de distintas experiencias generacionales, a fin de dialogar y debatir a propósito de tres interrogantes: ¿Por qué la orientación sexual se ha convertido en un factor de vulnerabilidad social?, ¿Cuáles son las razones históricas y culturales que subyacen a esta situación? Y si acaso, ¿Es posible imaginar nuevos escenarios de respeto y tolerancia in­dependientemente de la orientación sexual de las personas? El volumen De Amores y Luchas. Diversidad sexual, derechos humanos y ciudadanía es el resultado de esa reunión y responde a esas interrogantes.

 

De Amores y Luchas se presenta al lector en cuatro secciones. La primera, Problemas y definiciones, reúne los trabajos de Richard Parker, Gilbert Herdt y Stephanie Kane, donde se analiza algunos de los proble­mas centrales de la redefinición de los métodos, conceptos y políticas sexuales que orientan el trabajo de académicos, movimientos sociales y organismos públicos en Estados Unidos y América Latina. La segunda, Historia y Cul­tura está compuesta por los trabajos de Michael Horswell, Adolfo Tantaleán y Marinella Miano quienes, desde una perspectiva histórica y antropológica, develan los complejos y violentos procesos culturales e institucionales en los que se inserta las distintas experiencias de la diversidad sexual. La tercera, Presencias Urbanas, reúne los trabajos de Angélica Motta, Carlos Cáceres y, Blanca Figueroa donde se analiza los procesos de construcción de identidades y redes sociales que sirven de referencia y soporte a las diversas comunidades homo y bisexuales, del mismo modo, Violeta Barrientos analiza el sentido de lo homosexual en la joven literatura latinoamericana, Miguel García, visibiliza la producción de una joven generación de artistas plásticos. Y la cuarta, Violencia, Derechos Humanos y Ciudadanía está compuesta por los trabajos de Carlos Bonfil, José Montalvo, Norma Mogrovejo y Oscar Ugarteche, donde, a partir de la experiencia de las poblaciones y los movimientos de gays y lesbianas, se discute sobre el sen­tido y las posibilidades de una ciudadania sexual sustentada en el derecho a la diferencia. Asi, De Amores y Luchas es el resultado de estos esfuerzos que se suscriben con rigor y originalidad en esta novedosa perspectiva de analisis y compromiso etico.

 

[IC: El presente texto de Jorge Bracamonte corresponde al prologo al libro: De Amores y Luchas. Diversidad sexual, derechos humanos y ciudadanía .]

Bracamonte Allain, Jorge (Editor)/ De amores y luchas. Diversidad sexual, drechos humanos y ciudadanía. Lima: Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán, 2001.

Véase Thomas Laqueur, La construcción del sexo. Cuerpo y género desde los griegos hasta Freud, Eds. Catedra: Madrid, 1994.

Véase Michel Foucault, Historia de la sexualidad. Volumen I: La voluntad del saber, México: Siglo XXI Edts., 1984. Para una lectura critica de Foucault, véase J.G. Merquior, Foucault 0 el nihilismo de la cátedra, Mexico: FCE, 1988.

Véase Peter Gay, La educación de los sentidos. La experiencia burguesa: de Victoria a Freud I, México: FCE, 1992, pp. 274-295.

Véase José Ricardo Chaves, Los Hijos de Cibeles. Cultura y sexualidad en la literatura de fin del siglo XIX, México: UNAM, 1997.

Véase Peter Gay, Tiernas pasiones. La experiencia burguesa: de Victoria a Freud II , México: FCE, 1992, pp. 207-223.

Véase Jeffrey Weeks, Sexualidad, México: Eds. Paidós-UNAM, 1998, pp. 26-27.

Véase Bronislaw Malinowski, Sex, culture and myth, Londres: Rupert Hart-Davis, 1963.

Véase Margaret Mead, Adolescencia y cultura en Samoa, Bs. As.: Paid6s, 1971.

Alfred Kinsey, Sexual Behavior in the human male, citado en Jeffrey Weeks, Sexualidad, México: Eds. Paidos-UNAM, 1998, p. 79.

Weeks, op.cit.

Véase Peter Gay Torno II, pp. 214-217.

Durante la emergencia del nazismo, el clima de intolerancia se expresó con el incendio de la biblioteca y el legado de Hirschfeld. Véase Weeks, pp. 114.

Al respecto véase el artículo de Joan Scott, "El género: una categoría útil para el análisis histórico" y, el de Marta Lamas, "Usos, dificultades y posibilidades de la categoría genero". En: El Género: la construcción cultural de la diferencia sexual, México: PUEG-UNAM, 1997.

Un trabajo fundador producido en el seno del movimiento feminista ha sido el de Simone de Beauvoir, El segundo sexo, Buenos Aires: Siglo Veinte, 1962.

Véase el influyente trabajo de Michel Foucault, Historia de la sexualidad, vols. I. II y III, México: siglo veintiuno editores, 1977.

Véase Fílateles (seud.), "Carta sobre 105 maricones", Mercurio Peruano, num. 94, tomo III, Lima, 1791.

Véase Hipólito Unanue. Obras científicas y literarias de Hipólito Unanue, T. II, Lima. 1975. pp. 3-36.

Véase Cesar Borja, La inmigraci6n china. Tesis para optar el grade de bachiller en medicina, en: Anales Universitarios, Vol. X, Lima: Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 1877. Posteriormente, Clemente Palma desarrollaría sobre la base de la misma idea su tesis El Porvenir de las razas en el Perú. Al respecto véase el importante trabajo de Gonzalo Portocarrero, "El fundamento invisible: función y lugar de las ideas racistas en la República Aristocrática", en: Mundos lnteriores: Lima 1850-1950, Lima: Universidad del Pacifico, 1998.

Véase Javier Valera, lmpedimentos para contraer matrimonio. Tesis para optar el grado de bachiller en medicina, Lima: UNMSM, 1909.

Véase Hildebrando Castro Poze. Nuestro comunidad indígena, Lima: Eds. EI Lucero, 1924.

Véase Víctor Villavicencio, La vida sexual del indígena peruano, Lima: Eds. Club del libro peruano, 1942.

Véase Maruja Barrig, Cinturón de castidad, Lima: Mosca Azul Edts., 1979.

Véase Oscar Ugarteche, "Historia, sexo y cultura en el Perú", Márgenes, Año V, N29.

Véase Grant Farquarson, EI problema de la homosexualidad: un estudio del concepto como mecanismo de marginación, tesis PUCP, 1990.

Dos ejemplos de 105 alcances de estos estudios nos lo dan el artículo de Angélica Motta, "EI ambiente: jóvenes homosexuales construyendo identidad", en Juventud: Sociedad y cultura, Uma, Red para el desarrollo de las ciencias sociales, 1999 y. el reciente libro de Carlos Cáceres, Secreto a voces. Homoerotismo masculino en Lima: cultura, identidades y salud sexual. Lima: UPCH-REDESS jóvenes, 2000.

Véase Norberto Bobbio, El tiempo de los derechos, Madrid: Sistema, 1993.

 

 

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